Amaba
yo las letras más que nada en el mundo, no encontré en otro sitio la comodidad
insólita de las sílabas y los verbos.
Hoy
el amanecer fue silenciado por las fallas eléctricas y los perros en la calle
no aúllan porque están dormidos. Soñolientos y tibios, los hombres en sus
camas acarician a sus esposas
desnudamente complacientes y también llueve. Estoy despierta, quiero un poco
más la vida, quiero el desconcierto tan propio y sincero que desfragmenta el
día.
Es
temprano en la mañana pero yo devoro todo con cucharas cuchillos y las manos
abiertas. La ciudad fría no aplaca la furia, es más, la tienta, la cubre de
sonatas y lienzos mientras termina de irse la noche con su mortandad y sus
nubes de algodón con cocaína. Se abre paso entre las montañas el sol blancuzco
de la ciudad gris. Ahí está el día implacable y despierto frente a los pies que
me sostienen.
Amaba
yo las letras más que nada en el mundo, los versos en furor eran las tardes
cuando en casa no estaban las visitas ni las ventanas. Yo escribía de noche, de
madrugada, de mañana y de medio día.
Amaba
yo las letras más que nada en el mundo, el desconsuelo, la perdición y la
tristeza. El descaro absuelto en mis dedos de tela que dibujan los tramos por
donde va el lápiz. El ocre manchando el cuello y su tensión; yo no entendía las
razones que se desplegaban enumeradas ante mí, yo sólo sabía escudriñar en un
poema las obscenidades de los besos y escudriñar en otro las pulcritudes del
tiempo.
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