La mordaza del día se impone.
Luz incesante de neón en tus pupilas,
Emerges del profundo mar.
Tus dedos suavizan la tela
que me acalla y
Despacio desapareces el nudo,
Las heridas,
Las marcas.
Como un gorrión,
Trinas y bailas en la pesada mañana,
Haces para mis ojos la caricia,
El verso y el poema.
Te miro brillar en la madera del huerto,
Adornas con calidez la simpleza del cielo
Y, sin lastimar, eres asesino, verdugo y guardia.
Música es tu movimiento,
Azules tus ensueños,
De diamantes y alas de serafín están hechas tus
ropas,
Eres navío en mis piernas,
Las sombras son tus finos pies,
Eres el fin de la guerra, mi armonía.
Mi paz y mis vientos,
El timón circular,
Mi descanso, reposo y acierto.
Fulminante señor de libertad,
Amas la bondad de mis tropas,
La rebeldía en mis cabellos,
Amas la turbulencia en mi cabeza.
Soy bendita en las mujeres,
Vencí la desidia, el desdén
Triunfé.
Si mis manos te buscasen
En la oscuridad de la mitad de la noche,
Te pido, ser mío;
Déjate encontrar y si tus ojos humanos
Son insuficientes
Te pido, alma mía;
Deja a tu corazón escudriñar
En mi fuero.
Así seremos la grandeza del espectro,
Y sin humildad, más fuertes que Dios.
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